villa serrana

Siempre amé las vacaciones de julio. Caían en invierno y me permitían pasar más tiempo frente al fuego. La estufa a leña, para mí, tiene algo místico. Pero además, resulta que en esas vacaciones, me encontraba con mi cumpleaños.

Cumpleaños de fuego, de chocolate caliente, de reuniones chiquitas con amigas cercanas, a veces algún viaje a Montevideo, Tristán Narvaja, libros, algún paseo tranquilo.

Cuando fui creciendo y ya no vivía en mi hogar de origen y más aún, a partir de que me encontré con Antonio, la fecha de mi cuple comenzó a ser una excusa para salir de paseo a algún lugar, aunque fuera un fin de semana.

Nuestro lugar favorito para ir en esa época, por mucho tiempo fue Punta del Diablo, pero hay años que probamos otros lugares, como este, que decidimos ir un poco más cerca y cambiar el océano por las sierras.

Así que salimos con rumbo a Lavalleja, más precisamente, hacia Villa Serrana.

Villa Serrana, lugar mágico entre las sierras, con sus casitas dispersas, como salpicadas por quí y por allá. Lugar de árboles achaparrados, rocas, líquenes, subidas, bajadas, curvas, tierra, flores, yuyos, pájaros, caballos…

Pero este aparente batiburrillo, no lo es tanto. Las casas no fueron surgiendo por casualidad, todo esto, fue algo pensado.

Allá por 1946, la Sociedad Anónima Villa Serrana, adquirió 4000 hectáreas en una zona muy pintoresca de las sierras de Lavalleja, a unos 25 kms de la ciudad de Minas. Tenían la intención de crear un poblado turístico donde se pudiera disfrutar del contacto con la naturaleza.

El encargado de llevar adelante el proyecto urbanístico fue el arquitecto Julio Vilamajó. Fue de él la idea de que la urbanización conviviera en armonía con la naturaleza, se fundiera con esta.

Fue con esta idea que se proyectaron las construcciones, que debían aprovechar y respetar los accidentes del terreno y ser construidas con materiales de la zona, como madera, piedra y paja.

Vilamajó fue un paso más allá y también decidió, junto con su equipo, cómo debería de desarrollarse la urbanización con respecto al paisaje, que era una pieza fundamental del proyecto. Se preocuparon por el aspecto ecológico y de conservación, unos adelantados.

El proyecto inicial decía, «los propietarios tendrán la obligación de conservar las especies naturales, en una proporción de un árbol cada 125 m²» Lo que aseguraba la permanencia de la vegetación nativa y el menor impacto sobre los ecosistemas locales.

Como parte del proyecto paisajístico, se plantaron, en lugares estratégicos, árboles de hojas caducas como manera de embellecer el paisaje otoñal con sus colores.

A la luz de los conocimientos de ese momento, no se pensó en el potencial invasor y destructor que sobre la flora nativa, podrían tener las especies introducidas.

La construcción más emblemática del lugar, aquella que recuerdo primero cuando me dicen Villa Serrana, es el Ventorrillo de la Buena Vista. Este mesón, proyectado por Vilamajó, está encaramado en la ladera este del cerro Guazuvirá y cuenta con una vista preciosa.

Ventorrillo: bodegón o casa de comidas en las afuera de una población.

Como se puede apreciar, está construido principalmente con madera y paja y se amolda a los accidentes geográficos sin modificarlos.

Se come muy bien en el Ventorrillo, disfrutando de un paisaje hermoso y siempre con algún toque autóctono, como esta tarteleta con crema de butíá.

Muy cerquita de allí, hay un pequeño espacio dedicado a la memoria de Julio Vilamajó. Es un placer sentarse en ese banco a admirar el paisaje o bajar un poquito caminando entre las piedras, tratando de reconocer las plantas.

Villa Serrana es un lugar que invita a caminar sin rumbo. Salir bien abrigada cámara en mano y con toda la curiosidad en los ojos. Subir, bajar, descubrir las casitas escondidas o encaramadas en lo alto, con colores y formas diversas. Trepar piedras, caminar abajo de los árboles, saltar charcos, admirar las mil formas de la naturaleza.

Quedé encantada con la cantidad de pájaros que pude ver y fotografiar. De unos cuantos, no sabía el nombre, así que fotografiarlos me ayudó a buscarlos y reconocerlos luego.

También me fascinaron los líquenes y musgos, que son bastante abundantes por allí.

Al leer un poco sobre estos organismos me entero de que son bioindicadores de la calidad atmosférica, sobre todo los líquenes, y que se realizan estudios de la dinámica de las poblaciones y de las sustancias que acumulan para evaluar la calidad del aire en las ciudades ya que los principales contaminantes atmosféricos influyen en su crecimiento y distribución.

Después de todo, no es tan raro que abunden en el campo y sean escasos en la ciudad.

Pero no sólo de líquenes y musgos están cubiertos los caminos de Villa Serrana, también hay otras plantas y arbolitos…

Y agua, sí, porque cuando comenzaron a pensar en el emprendimiento turístico, sus creadores también pensaron en el verano y a pesar de que hay un par de arroyos que surcan el lugar, no eran suficientemente caudalosos como para tomar baños. Así que en 1958, la Sociedad de Fomento de Villa Serrana, le encargó al arquitecto Enrique Stewart Vargas la realización de un pequeña represa sobre el arroyo Miraflores. De esta manera se generó un lago artificial y se creó un parque en sus inmediaciones.

Stewart Vargas, también hizo una represa más pequeña en el Baño de la India, donde hay un lago de menor tamaño en el que se puede tomar baños en verano.

Cuando volvíamos del arroyo, nos encontramos con una linda sorpresa…

Pensé que esta entrada iba a ser cortita, pues es sobre un lugar chiquitito, pero la naturaleza es inmensa y los momentos infinitos. Por hoy doy por terminado este paseo, espero que te haya gustado.

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